Dr. Pedro Lautaro Ferrer (derecha),
junto a Ignacio Rencoret y el vicepresidente de la Cruz Roja chilena
analizando una  muestra de larvas.
Revista Zig-Zag, 15 de junio de 1912.,Nº 382.

El flagelo de la fiebre amarilla, como otras tantas epidemias, se ha hecho presente por estas latitudes prácticamente desde el descubrimiento del nuevo mundo. El primer caso documentado en América data de 1647, cuando un brote de este mal se desató en la caribeña isla de Barbados. Con posterioridad, numerosos episodios de fiebre amarilla han asolado al continente, algunos de extrema mortalidad, como el ocurrido en 1871 en la porteña ciudad de Buenos Aires, que exterminó al 8% de la población total. Sin embargo, y pese a su recurrencia, no fue hasta inicios del siglo veinte que la enfermedad hizo su estreno oficial en Chile, debido quizás al aislamiento geográfico y al escudo natural que supone la Cordillera de los Andes, cordón montañoso que impide el fácil ingreso de insectos y especies no endémicas. No obstante lo anterior, la protección que el macizo cordillerano ofrecía al territorio nacional con el correr de los tiempos fue agujereada por la amplia costa chilena, a través de la actividad portuaria internacional que incentivó sin quererlo la introducción de muchas catástrofes sanitarias.

A inicios de 1912, más exactamente el 28 de enero, el carguero británico “Cóndor” arribaba al puerto de Tocopilla procedente de Guayaquil, ciudad que en aquel momento atravesaba una grave crisis de fiebre amarilla y peste bubónica. Durante el transcurso del viaje, uno de los tripulantes del vapor, de nombre Pastor Parker, enfermó repentinamente, exhibiendo cuadros de fiebre, escalofríos y cefalea. Al encallar en puerto nortino, el maltrecho Parker recibió pronta atención médica; pese a la diligencia del procedimiento, y tal vez en virtud de tal rapidez, un mal diagnóstico de su afección propició la diseminación del virus de la fiebre amarilla, tal como se relata en el libro «Movimientos, tensiones y luces. Historias tocopillanas», de Damir Galaz-Mandakovic Fernández: “El enfermo bajó y fue examinado por el médico de la bahía: se le diagnosticó fiebre tifoidea, por tal razón fue internado en el hospital. El 2 de febrero la temperatura del enfermo declinó y se le diagnosticó ictericia catarral. Poco a poco, los enfermos que habían concurrido al hospital San Salvador de Dios por distintas dolencias, presentaron simultáneamente un cuadro febril violentísimo de 40°, acompañado de un gran malestar corpóreo y de vómitos sanguinolentos. Cuando afloraban aquellos síntomas, la suerte estaba echada.»

Como si se tratase de una tormenta perfecta, al erróneo diagnóstico se complementó un contexto sanitario desfavorable. Por aquellos días, y como consecuencia de la desrregulada actividad minera, Tocopilla presentaba condiciones deplorables de salubridad pública. Acumulación de basurales, nulo tratamiento de aguas servidas, hacinamiento creciente y escaso acceso tanto a agua potable como a alcantarillado, fueron los elementos que estimularon la acelerada propagación del virus causado por el Aedes aegypti. El factor climático de altas temperaturas fue también gatillante de este brote epidémico.

Ante tal panorama, el presidente de la época, Ramón Barros Luco, designó una comisión de salud a cargo del doctor Pedro Lautaro Ferrer, destacado profesional que, según consigna Galaz-Mandakovic Fernández, «arribó a Tocopilla con la experiencia de haber sofocado las epidemias de peste bubónica en Pisagua, Viña del Mar, en Valparaíso en 1906 y en Mejillones en 1909.» En su calidad de inspector sanitario, Ferrer armó un equipo médico integrado en su mayoría por estudiantes de medicina, entre los que destacaban Leonardo Guzmán, Ignacio Rencoret y Clemente Holzapfel. En igual medida, se destacaba la participación femenina de las enfermeras Micaela Gárate y Domitila Arenas.

Las medidas adoptadas por la comisión de salud se relacionaron con la creación de un lazareto en las afueras de la ciudad para aislar a los enfermos, el cierre general del comercio y del puerto (lo que provocó desabastecimiento por un largo tiempo), la quema sistemática de basura y la erradicación de aglomeraciones, en complemento con la fumigación a base de azufre y la quema de los depósitos de agua mediante petróleo, con el fin de extinguir a los mosquitos infectantes y a sus larvas. La gestión de Pedro Lautaro Ferrer, pese a todo el despliegue de recursos técnicos y humanos, no impidió la evacuación general de los habitantes en mayo de 1912, quienes en su mayoría abandonaron las viviendas y los centros urbanos para instalarse en las cercanías de la costa en improvisados campamentos. Asimismo, la abnegada labor del equipo médico sufrió la pérdida de uno de los suyos: el estudiante Marcos Macuada, oriundo de Pedregal, pueblo cercano a Ovalle, fallecía por contagio el 21 de junio. Tenía apenas 24 años. Casi tres décadas después, en 1940, la ciudad de Tocopilla reconocería al insigne mártir, designando al flamante hospital de la ciudad con su nombre.

Tras cinco meses de calamidad e incertidumbre, la epidemia de fiebre amarilla era reducida a su mínima expresión. Con una población cercana a los seis mil habitantes, las estadísticas oficiales registraron 1.101 casos, de los cuales 394 de ellos tuvieron desenlace fatal.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS.

Galaz-Mandakovic Fernández, Damir. Movimientos, tensiones y luces. Historias tocopillanas. Ediciones Bahía Algodonales. Tocopilla, 2019.

Laval R., Enrique. Epidemia de fiebre amarilla en Tocopilla. 1912. Revista Chilena de Infectología, 2003. Disponible en https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0716-10182003020200035

Revista Zig-Zag, número 382, 15 de junio de 1912.

"De la Peste Negra a la Pandemia del Coronavirus:Las crisis sanitarias en el Chile Moderno"
Proyecto financiado por el Fondo de Fomento Medios Regionales  del MINISTERIO SECRETARÍA GENERAL DE GOBIERNO