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Si de momentos convulsos se escribe la historia de un pueblo, la segunda década del siglo anterior bien puede aportar con unos cuantos hitos al respecto. En un rápido inventario, el país vio a través de esos diez años un desfile de gobiernos inestables, una nueva constitución política y la no menos traumática recesión económica mundial del año 29; en materia de salud pública, el panorama no fue más alentador. Una serie de enfermedades y crisis sanitarias se intercalaron a lo largo de Chile, en lo que sería una constante para la nación durante la primera mitad del siglo veinte.

 

Fue justamente a fines de la década del veinte que un brote de escarlatina golpeó con dureza a la población santiaguina. Hasta aquel momento, era esta una enfermedad endémica, que se manifestaba aproximadamente cada un lustro,  con cuadros leves de fiebre, inflamación de amígdalas y la aparición postrera de exantemas o erupciones cutáneas de color rojizo, con un nivel de contagio que fluctuaba entre las quince y las sesenta personas por año. Sin embargo, para los últimos meses de 1928 la tasa de morbilidad experimentó un aumento considerable: cerca de 400 contagiados, mientras que para el año 1929 la cifra se disparó a 2.551 infectados. De los casi tres mil enfermos, casi un tercio, equivalente a 978 personas, dejó de existir, en tanto que de estos últimos fallecidos, 537 correspondieron a habitantes de la provincia de Santiago.

 

Uno de los primeros problemas que presentó esta epidemia de escarlatina fue la poca logística por parte del sistema de salud para generar una estrategia de tratamiento. Debido a su infrecuencia y al bajo promedio de casos, no se había desarrollado un estudio clínico profundo, a diferencia de otras enfermedades como el tifus o la viruela, a tal punto que no resultaba extraño que algunos facultativos, especialmente los más noveles, desconociesen los procedimientos prácticos para neutralizar los efectos que la fiebre escarlata generaba.

 

Sin embargo, la vocación por salvar vidas fue más fuerte y las dificultades iniciales se subsanaron a tiempo. La autoridad sanitaria central, que en aquella época se repartía entre los ministerios de sanidad, beneficencia y asistencia social, dispuso la habilitación de 558 camas adicionales para enfrentar la epidemia creciente, repartidas entre los hospitales Manuel Arriarán, San Francisco de Borja, Roberto del Río y San José, además del patio 4 del Asilo de Temperancia, sección que formaba parte del Manicomio Nacional. Semejante despliegue de recursos se complementó con una estrategia doble: por un lado, un plan de vacunación a base de anatoxina escarlatinosa, es decir, una toxina con propiedades inmunizadoras, que surtió gran efecto en la población de riesgo: en una anotación estadística de la época, de 1.038 vacunados, tan solo un 1,9 % logra desarrollar la enfermedad, sin registrarse fallecimientos. En paralelo, la estrategia sanitaria impulsó el tratamiento de los ya contagiados a partir de la aplicación de suero antiescarlatinoso, principalmente en los casos de escarlatina hipertóxica. El tratamiento no consistía en otra cosa que una solución preparada “a partir de cepas de estreptococo hemolítico aisladas de la secreción faríngea de enfermos de escarlatina, apreciándose con la mayor exactitud el beneficio para el enfermo” 1. Los resultados, desde luego, fueron auspiciosos, sobre todo en aquellos casos en que la aplicación se realizaba durante los primeros tres días de manifestada la escarlatina. En un lapso de entre 24 a 48 horas los síntomas asociados a debilitamiento general retrocedían, mientras las erupciones cutáneas tendían a desaparecer, mejorando drásticamente el pronóstico clínico: «En un período de 10 meses, en los años 1928 y 1929, ingresaron al Servicio de Aislamiento de la Clínica Pediátrica del profesor Scroggie, en el Hospital Roberto del Río, 214 enfermos de escarlatina, siendo tratados con suero antiescarlatinoso específico 59 pacientes graves o con mediana gravedad. A pesar del suero fallecieron 3 (5,1 %.)».2

 

Gracias a la política pública de vacunación y suero, la cifra nacional de fallecidos por fiebre escarlata había descendido para 1930 a 346 habitantes; un año después, los casos regresaban a su rango histórico. Habría de trascurrir casi toda la década del 30 para que entre 1937 y 1939 un nuevo brote de escarlatina atacara nuevamente al país, aunque con menos costos en vidas humanas.

 

"De la Peste Negra a la Pandemia del Coronavirus:Las crisis sanitarias en el Chile Moderno"
Proyecto financiado por el Fondo de Fomento Medios Regionales  del MINISTERIO SECRETARÍA GENERAL DE GOBIERNO