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Como si de un trágico efecto mariposa se tratase, el desplome de Wall Sreet en el fatídico 1929 fue el lejano detonante para la epidemia de tifus exántemático que golpeó con fuerza a varias regiones de Chile en el invierno de 1932, crisis sanitaria que se prolongó durante dos largos años. La recesión mundial desencadenada a partir del jueves negro ocurrido en la bolsa de Nueva York tardó en golpear la siempre dependiente e inestable economía chilena, primero con el cierre paulatino de las oficinas salitreras en el norte grande y luego con el endeudamiento fiscal con la banca internacional, producto de la política de alto gasto público llevada a cabo por el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo. Los coletazos de la recesión, era que no, afectaron directamente tanto a la clase obrera como a la clase campesina, las que en busca de mejores horizontes se vieron obligadas a emigrar hacia los grandes centros urbanos. A partir del año 1931, Concepción, Valparaíso y Santiago experimentarán un incremento en su población, proceso que traerá aparejado hacinamiento y condiciones infrahumanas de vida para amplias masas de familias trabajadoras.

 

Iniciado en las provincias de Concepción, Ñuble y Cautín, para el año 1933 el tifus exantemático cubrió gran parte del territorio nacional, con especial intensidad en la capital y en la zona central del país, alcanzando los 30.070 contagios durante el periodo 1933-1934. Se trataba de una enfermedad de rápida propagación, cuyo vector se encontraba en el piojo humano, el cual infectado con una bacteria denominada rickettsia accedía mediante picadura al cuerpo humano, causando fiebre, cefalea y mialgia, entre otras manifestaciones. Y si bien su presencia en territorio nacional era constante, hasta antes de 1918 solía confundirse con la fiebre tifoidea, por lo que este nuevo brote pudo atacarse con precisión, poniendo énfasis en las medidas de higiene y desinfección.

 

Un punto clave fue la logística hospitalaria, sobre todo en la provincia de Santiago. La autoridad sanitaria determinó en un primer momento destinar a los contagiados en las dependencias del Regimiento Cazadores, ubicado en el sector que actualmente corresponde a Recoleta; ya en el año 1934, ante la creciente ola de contagio, es el hospital Ramón Barros Luco, en sector de Gran Avenida, el recinto médico que recibirá a la población enferma, y que llegará a contar con 270 camas para enfrentar la epidemia, prácticamente la mitad de las camas hospitalarias habilitadas (542) para toda la provincia. Paralelamente, el Arzobispado de Santiago hizo su aporte al ceder un espacio de su propiedad para ser reconvertido en desinfectorio, ejemplo que se replicaría con iniciativas similares: «Por entonces existían las llamadas “Casas de limpieza”. Se trataba de establecimientos en que se aseaba a los vagabundos; se les afeitaba, rapaba y se les proporcionaba ropa nueva. Una vez limpios, se les subía a camiones para llevarlos a trabajar a diversas obras públicas supervisadas por la Dirección del Trabajo, con apoyo de carabineros.» 1

 

Además del trabajo clínico, se establecieron medidas de cuarentena y saneamiento. Las clases escolares, por ejemplo, se suspendían durante diez días para realizar desinfección de los establecimientos; para los empleados públicos, en tanto, se estructuró un régimen laboral rotativo de 18 días, a fin de descongestionar los servicios de transporte. Los espectáculos deportivos tales como la hípica fueron suspendidos de raíz, al igual que las reuniones públicas y las fiestas. A tal punto llegó la restricción, que el propio Presidente de la República (Arturo Alessandri a esa altura) y sus ministros cancelaron por diez días toda audiencia pública. Finalmente, el desplazamiento interprovincial se controló mediante cordones sanitarios que restringieron el acceso a Santiago desde distintos puntos.

 

Tras dos años de brote epidémico y casi cuarenta mil casos, el tifus exantemático regresó a sus tasas habituales. Recién en 1948 se produciría un brote importante, pero para esa fecha los avances médicos con el uso antibiótico del clorafenicol permitirían la destrucción de la rickettsia y con ello, el control casi total de la enfermedad.

 

"De la Peste Negra a la Pandemia del Coronavirus:Las crisis sanitarias en el Chile Moderno"
Proyecto financiado por el Fondo de Fomento Medios Regionales  del MINISTERIO SECRETARÍA GENERAL DE GOBIERNO