Casa Infectada en el Cerro  La Cruz. Valparaíso . Revista Sucesos Nº 152

La historia de las ciudades, que no es otra cosa que la historia del ser humano, suele escribirse en virtud de sus grandezas y de sus miserias. Bien lo sabe Valparaíso, quizá la urbe que mejor conjugue esta doble y eterna dinámica. Azotada por la naturaleza, las invasiones piratas y los conflictos sociales de toda índole, la ciudad puerto también ha conocido de epidemias inmemoriales que trajeron muerte, hambre y dolor. Fue en 1905 el turno de la viruela, enfermedad viral de alto contagio que ya con anterioridad se había hecho presente a lo largo de la historia americana y nacional.

 

Aunque los estragos mayores ocurrieron en 1905, lo correcto es afirmar que la viruela arribó a tierra porteña un año antes. Ya en julio de 1904, los primeros indicios de la infección comienzan a visibilizarse, pese a que hasta el día de hoy no existe acuerdo sobre la importación del brote inicial, pues las opiniones apuntaban indistintamente a Antofagasta y Santiago como puntos desde donde se trajo la aflicción, el primero a través del intercambio comercial portuario, el segundo mediante un grupo de postulantes al servicio de policía porteño provenientes de la capital, desde donde viajaron ya contagiados. Como fuere, el hecho concreto es que ya para agosto de 1904 la viruela se identifica concretamente en dos leñadores pertenecientes a la población El Paraíso. Ironías aparte, para el 13 de septiembre un nuevo foco de infección se detecta en un conventillo del cerro La Virgen. Una semana después, los contagios ascienden a un total de quince personas, con una mortalidad del 33%. Ante el sombrío panorama, el intendente de la época, Joaquín Fernández Blanco, vía telegrama, solicita al Ministro del Interior, Manuel Egidio Ballesteros, el envío urgente de treinta mil vacunas a fin de evitar que la epidemia aflija a la ciudad. La respuesta negligente de la autoridad central sería el corolario perfecto para una situación crítica que se había ido dibujando con perversa sincronía a través de los años. Fiel a su historia, el crecimiento de Valparaíso sucedía con desorden y desprolijidad, fomentando la proliferación de viviendas precarias y conventillos hacinados, con nulas medidas de higiene pública, sin acceso a agua potable y alcantarillado; a esto se sumaban inundaciones constantes producto de temporales sucesivos, las que daban origen a acumulación de aguas estancadas, además de un relieve irregular de cerros, que dificultaban la recolección de basura, junto a quebradas que se convertían en el espacio más apropiado para el depósito de desechos.

 

Para 1905, no hubo sector popular que no se viera afectado por la viruela. La zona portuaria, los cerros populosos y la cárcel, entre otros puntos, cedieron ante una epidemia que se abría paso sin oposición alguna, extendiéndose a Viña del Mar y a localidades como Quilpué y Peñablanca. Las treinta mil dosis de vacuna comprometidas desde Santiago no solo arribaron con retraso, sino que además llegaron totalmente vencidas, lo que se tradujo en una considerable pérdida de tiempo y de recursos para combatir la infección viral; semejante torpeza tuvo que ser corregida con la compra importada, por parte del Consejo de Higiene mandatado a controlar la viruela, de vacunas provenientes de Perú, Argentina y Suiza, siendo esta última la más efectiva, y por lo mismo, la más difícil de adquirir, con un volumen total de cinco mil dosis. Pese al esfuerzo de la autoridad sanitaria, la vacunación masiva encontró resistencia por parte de la población, convencida de que la inoculación, lejos de neutralizar el mal lo aumentaba.

 

Otro aspecto que agudizó la crisis fue el sistemático ocultamiento de enfermos, práctica extendida que atentó directamente contra el correcto conteo de enfermos y víctimas fatales. Renuentes a la vacuna y a la hospitalización en los lazaretos de Playa Ancha y Cerro Barón, era frecuente que los contagiados omitieran su estado de salud, optando por la convalecencia domiciliaria sin supervisión médica, decisión que no hacía más que incrementar los focos infecciosos, dadas las condiciones de hacinamiento. Los grupos familiares, por su parte, temerosos de ser desalojados y trasladados a casas de aislamiento, contribuían con su silencio cómplice a la pandemia porteña. Con el progreso del brote, al ocultamiento de enfermos le seguiría el abandono de cadáveres tanto en sitios eriazos como en la vía pública, en un espectáculo más propio del medioevo que de una urbe moderna.

 

Pero el mal accionar no fue patrimonio exclusivo del habitante común; también la incuria hizo gala entre gremios estratégicos. Los servicios boticarios, por ejemplo, fueron pródigos en su pobre funcionamiento ante la emergencia que significaba la viruela; descoordinación en sus turnos, concentración de sucursales en un solo sector de la ciudad y escasa voluntad del personal destinado a la atención fueron algunas de las denuncias que se acumularon en la prensa escrita. De igual modo, los servicios fúnebres, fundamentales en lo referido a la recolección y traslado de cadáveres, operaron con descuido absoluto; frecuente resultó la acumulación de cuerpos en diferentes puntos de Valparaíso, a la espera de que los carros mortuorios cumplieran su labor.

 

En general, la fiscalización de la autoridad en torno a los distintos ámbitos de la epidemia fue, a lo menos, deficiente. Paradigma de ello lo constituyó el caso de la población Portales, tal como se retrata en la contundente investigación de Andrés García Lagomarsino, Valparaíso en 1905: La viruela que arrasó la ciudad: “Una de sus calles estaba completamente apestada y esparcía la viruela al resto del vecindario. El hecho era doblemente grave si se consideraba que el barrio en cuestión proporcionaba toda la carne que se consumía en Valparaíso. El desaseo en el área era grotesco, al extremo de que en algunas vías el fango putrefacto superaba el metro de altura. Se señalaba como responsable de este caos insalubre a los criadores de cerdos, cuyo desaseo escapaba a toda ponderación. Existiendo una disposición municipal que prohibía el asentamiento de corrales en el radio urbano, no se entendía por qué la Intendencia o la Quinta Comisaría no aplicaban la norma.”

 

Con una población de 150.000 habitantes, los reportes de prensa estimaron hacia el 3 de agosto de 1905 en Valparaíso un total de doce mil contagiados por viruela, y más de cinco mil decesos. Un recuento final cifraría en 6.679 el número de muertes.

"De la Peste Negra a la Pandemia del Coronavirus:Las crisis sanitarias en el Chile Moderno"
Proyecto financiado por el Fondo de Fomento Medios Regionales  del MINISTERIO SECRETARÍA GENERAL DE GOBIERNO