Fuente :https://fundasesorali.wordpress.com/2017/05/22/1007/

La vuelta a la democracia en marzo de 1990 supuso el comienzo de un nuevo ciclo político y ciudadano. Pese al optimismo y la efervescencia por construir un nuevo país, los nuevos tiempos no estuvieron ajenos a las tensiones propias de un proceso que buscaba dejar atrás los resabios de una dictadura sangrienta. Así fue que hacia fines de 1991, un imprevisto flanco proveniente del Perú venía a desestabilizar el frágil tinglado de Patricio Aylwin y su gobierno concertacionista. No se trataba en esta ocasión de problemas fronterizos ni disputas socioculturales con nuestra vecina nación; tampoco de reivindicaciones extemporáneas relacionadas con la guerra del Pacífico. Lejos de cualquier pronóstico, un inesperado brote de cólera hacía su ingreso a suelo nacional, episodio que puso a prueba la logística y el liderazgo de la nueva administración.

 

Originado en las ciudades peruanas de Chimbote y Chancay, el cólera se propagó rápidamente por Colombia y Ecuador en una primera instancia; más tarde llegaría al oriente de Brasil y parte de Paraguay, para luego diseminarse por todo el continente americano, a excepción de Uruguay. Hasta el año 1993, la epidemia contabilizó un total de 948.429 contagios y una mortalidad del 0,85 %, equivalente a 7.995 fallecidos.

En Chile, la gestión de las autoridades se caracterizó por la eficiencia y la rigurosidad de las medidas adoptadas. De partida, se estableció una Comisión Nacional de Cólera, encabezada por el Ministro de Salud, Jorge Jiménez. El trabajo de la Comisión no se limitó al ámbito sanitario, ya que incorporó en la estrategia de control al Ministerio del Interior, al Ministerio de Obras Públicas y a las Fuerzas Armadas; la decisión de integrar a este último actor no fue fácil, pues para comienzos de la transición democrática las relaciones entre el mundo cívico y el mundo militar todavía eran difíciles, con la presencia de Augusto Pinochet como comandante en jefe del Ejército.

En términos generales, la comisión proyectó dos amplias líneas de acción: un sistema de vigilancia epidemiológica y un sistema de control ambiental. Para la primera instancia, el paso inicial consistió en delinear los síntomas fundamentales para la identificación de casos; la deshidratación y el cuadro diarreico se estipularon como las manifestaciones decisivas en el reconocimiento de la enfermedad; a su vez, todo caso sospechoso se ratificaba mediante la aplicación del examen coprocultivo, descartando de esta manera cualquier error de diagnóstico. El sistema de control ambiental, en tanto, apuntaba a monitorear todas aquellas vías por las cuales la infección podía contraerse. El tratamiento de aguas servidas, la vigilancia de las distintas redes de agua potable y alcantarillado fueron aspectos cruciales en esta línea de gestión, junto con la clausura de buena parte de los sembradíos regados con aguas contaminadas, especialmente aquellos irrigados por el río Mapocho y sus afluentes. A modo de anécdota, en Maipú aún se recuerda el cierre de las chacras ubicadas en el sector de Rinconada, orden emanada directamente por la Seremi de Salud Poniente, una joven y desconocida doctora que respondía al nombre de Michelle Bachelet.

Las campañas de difusión educativa también constituyeron un pilar esencial para el combate del cólera, a tal punto que lograron cambiar muchos hábitos de la población respecto a la manipulación de alimentos, la higiene personal y la importancia en la cocción de ciertos productos como el pescado y los mariscos. El trabajo educativo se complementó con labor en terreno destinada al levantamiento de barreras sanitarias en distintos puntos geográficos, especialmente en las zonas fronterizas, con el control de buses y vuelos. En las provincias de Arica y Parinacota, en tanto, se dispusieron sumideros de descarga en los terminales rodoviarios.

 

Los efectos de la campaña para enfrentar el cólera resultaron a todas luces exitosos. 146 contagiados y apenas 3 víctimas fatales dieron cuenta de una estrategia que, además de proteger a los habitantes, legitimó al naciente gobierno ante la opinión pública y proyectó hacia la comunidad internacional una imagen positiva en materia de políticas sanitarias, realidad muy distante a lo acontecido en la actual pandemia de Covid-19.

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS.

Espinoza, Denisse. La frágil memoria de las pandemias en Chile. Artículo publicado en Nodal, noticias de América Latina y el Caribe. 7 de agosto de 2020. Disponible en: https://www.nodal.am/2020/08/la-fragil-memoria-de-las-pandemias-en-chile-por-denisse-espinoza-a/

Koo, Denise et al. El cólera epidémico en América Latina de 1991 a 1993: implicaciones de las definiciones de casos usadas en la vigilancia sanitaria. En Revista Panamericana de Salud Pública. 1997. Disponible en: https://www.scielosp.org/pdf/rpsp/1997.v1n2/85-92

Valenzuela B., María Teresa et al. Estrategias para el enfrentamiento del cólera. La experiencia chilena desde una perspectiva de salud pública. Revista Chilena de Infectología. Volumen 27, número 5. Santiago, octubre 2010. Disponible en: https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0716-10182010000600005#:~:text=M%C3%A1s%20de%20700.000%20casos%20y,de%20la%20regi%C3%B3n%2C%20incluyendo%20Chile.

"De la Peste Negra a la Pandemia del Coronavirus:Las crisis sanitarias en el Chile Moderno"
Proyecto financiado por el Fondo de Fomento Medios Regionales  del MINISTERIO SECRETARÍA GENERAL DE GOBIERNO