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Juv, 01.07.2021

Alberto Kurapel: Maipú, exilio y performance.

Alberto Kurapel (1946), actor, director de teatro, artista multidisciplinario,  a mediados de los años sesenta ingresa a la Universidad de Chile para cursar la carrera de teatro; en dicha casa de estudios formará parte de un efervescente movimiento cultural que vino a renovar la escena artística chilena. En 1974, ya instaurada la dictadura militar, se exilia en Canadá, en un largo periplo que se prolongará por 22 años. Durante su destierro crea en 1981 la compañía de artes “Exilio”, plataforma desde la cual incursiona en el teatro performance, desarrollando un nuevo lenguaje expresivo en el campo de la representación. Entre sus montajes más destacados, se puede mencionar “Tres performances teatrales”, de 1987 y “Detrás de las pupilas nacen y mueren todas las heridas”, de 1995. Junto a su trabajo como dramaturgo se suma una interesante producción literaria y musical; en esta última faceta destacan las grabaciones “Cantos del forastero” y la antología “El ayer de nuestro hoy”. Ya en el año 2003 participa en la bienal de Venecia con la obra “Inesperanzas”.

Con apenas dos años de edad, Alberto Kurapel llega a Maipú; para ese entonces, claro está, la comuna tenía un marcado perfil rural. “Aquel Maipú era solo chacras y fundos. No había luz eléctrica ni agua potable, y eran muy pocos los habitantes que vivían en estas tierras. Estudié en la escuela pública Bernardo O´Higgins, un establecimiento solo de hombres, separado de la escuela San Martín, destinada para mujeres. El templo recién se empezaba a construir. Ya a los diez años de edad comienzo a tocar guitarra, aprendiendo de los mismos campesinos y gente de campo que eran los vecinos de Maipú. Más tarde me inicié en el estudio del acordeón. La educación de aquella escuela pública era excelente, con profesores de vocación, porque estimuló mi interés artístico, tanto en la música como en el terreno de la poesía. Ya para la cuarta preparatoria me fui a estudiar al Liceo de Aplicación, en Santiago. Recuerdo que todos los días tomaba la micro en los Cerrillos; cuando esa micro pasaba demasiado llena, pasaban los campesinos con sus carretas llenas de lechuga y nos llevaban hasta Santiago.”

Su ingreso a la escuela de teatro lo condujo a descubrir la belleza del arte y su poder transformador, a la luz de grandes maestros como Agustín Siré y figuras que luego serían ineludibles en el imaginario nacional, como Víctor Jara, hasta ese momento un promisorio director teatral; la peña de los Parra también fue un escenario abierto para Kurapel, quien junto a Patricio Manns y otros nombres insignes de la canción chilena dieron forma a una escena musical bullente.

La experiencia del exilio resultaría crucial para reformular la visión de Kurapel sobre el teatro y la sociedad. “El exilio es un castigo muy grande, por algo los antiguos griegos lo instituyeron como la sanción máxima para cualquier ciudadano. Y el hecho de vivir obligadamente lejos de Chile me empuja a crear un teatro de exilio, en lugar de hacer un teatro en exilio. Yo no quería hacer una reconstrucción realista del pasado, quería explorar los efectos del exilio en el sujeto, la estructura mental y emocional que una experiencia como esa deja en la existencia humana, en donde la fragmentación y la memoria juegan un papel fundamental.”  Esa articulación de un nuevo lenguaje lo llevó a confrontarse con sus orígenes, su relación como sujeto latinoamericano y tercermundista en el contexto del primer mundo anglosajón. La confrontación también se orientó hacia otros ámbitos, como el uso y la aplicación de nuevas tecnologías audiovisuales, o la apropiación de los espacios urbanos para llevar a cabo la experiencia teatral: bodegas, galpones o mataderos como lugares que desplazan al escenario tradicional, en donde confluye la multiculturalidad y la diversidad, las marcas fundamentales del teatro-performance realizado por Kurapel, que hasta la fecha, y a pesar de la pandemia, lo mantienen plenamente activo en la búsqueda siempre constante de nuevas propuestas artísticas.

Esta crónica forma parte del proyecto «Maipú: Tercera edad, cultura y sociedad», financiado por el Fondo de Medios Regionales 2021.

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