Pocos son los catálogos que pueden darse el lujo de reunir entre sus títulos a los dos poetas más relevantes de la actual escena lírica chilena. Acierto que adquiere mayor valía si se conjuga además la novel data del proyecto y su tránsito más bien por los senderos de la autonomía.

Es lo que acontece con Libros de la Resistencia, editorial con domicilio español pero creada y dirigida por el poeta chileno Edmundo Garrido, avecindado en tierra ibérica hace menos de un lustro, tiempo suficiente a través del cual ha dado forma a una colección de textos ensayísticos – Paralajes en octavo– cuya variedad temática es su rasgo distintivo. Libros pequeños en su formato pero contundentes en su contenido, que hoy disfrutamos por partida doble, cortesía de Hugo Montes y Raúl Zurita.

Ojos bien abiertos

Fue Hugo Montes, en colaboración con Mario Rodríguez, el primer académico en estudiar con profundidad y detenimiento crítico la obra de Nicanor Parra a comienzos de la década del setenta (un breve estudio introductorio de Enrique Lihn, aparecido en el año 1952, le antecede dentro de la bibliografía sobre el antipoeta). Casi medio siglo después, Montes Brunet vuelve a subirse en esta montaña rusa. Ojo con Nicanor Parra es el resultado de este sinuoso viaje.

ojo con nicanor parra El ejercicio propuesto por el crítico es sencillo, pero no por eso baladí: tomar como referencia su estudio publicado en 1970 (Nicanor Parra y la poesía de lo cotidiano) y, a partir de él, alejarse lo más posible de sus premisas para abordar nuevos énfasis y prismas en torno al corpus parriano. El tiempo juega aquí a favor, pues la perspectiva del lector como sujeto activo no ha hecho más que enriquecer el texto; mucha agua ha corrido bajo el puente, muchas matrices teorías se han sucedido; así, aristas antes no abordadas, interrogantes no respondidas o derechamente no planteadas empujan hacia la elaboración de un estudio inédito y original, tal como el mismo Hugo Montes lo afirma: “Cuando yo pensaba que mi tarea de comentar la poesía y la antipoesía de Nicanor Parra había concluido, me encuentro escribiendo un nuevo libro sobre el autor y su obra. […]La inercia invita a repetir; la honradez y la entretención invitan a ser original. Lo mejor fue el afán de encontrarme con Nicanor Parra como por primera vez.”

Tal vez uno de los grandes méritos de Ojo con Nicanor Parra sea la visión panorámica que el texto nos ofrece respecto a la obra del premio Cervantes 2011. A la luz de este enfoque, su título cobra pleno sentido, pues serían muchos los elementos ante los cuales poner atención a la hora de acercarse tanto a la poesía como a la antipoesía; el origen biográfico, la visión religiosa, el componente político, el sentido de lo popular, el valor del lenguaje cotidiano, la degradación de los mitos instaurados, la relación entre libro y palabra, la presencia y sentido de los recursos gráficos, aspectos todos que desfilan en casi noventa páginas, acotados cada uno de ellos a un capítulo, configurándose de esta manera un texto inaugural que debiera ser la puerta de entrada para cualquier lector interesado en conocer la producción de Parra.

Vida, muerte y resurrección de la poesía

En uno de sus más famosos ensayos, Jorge Luis Borges afirmaba que la tradición del escritor argentino estaba constituida por toda la cultura occidental, y que por lo tanto era un desvarío limitarla a los versos gauchescos del Martín Fierro. En otra de sus páginas, sino en muchas, sostenía la firme convicción de que un hombre es todos los hombres: el padecimiento de uno de ellos es el padecimiento de todos. Estas premisas borgianas parecen animar la escritura que Raúl Zurita nos entrega en Los Poemas Muertos, volumen que contiene dos ensayos poéticos, “Poesía y nuevo mundo” y “Los poemas muertos”.

los poemas muertos

En “Poesía y nuevo mundo”, Zurita, fiel a su obra, vuelve una vez más a las imágenes dantescas de infierno, purgatorio y paraíso para plasmar su visión sobre la poesía en nuestro continente. La historia de América, nos dice, es historia de masacre y arrasamiento, sostenida por la espada y consolidada a través de los siglos por el idioma que actualiza, mediante su uso permanente, ese momento de dolor inaugural: “Herederos de esa historia, nos ha tocado a nosotros también ser la memoria viva de su condena […] En los países americanos de habla castellana ejercer el lenguaje es volver a repetir constantemente las marcas que significaron la implantación de ese idioma entre nosotros.”

Para Zurita, es el lenguaje poético el llamado a restituir el orden armónico entre el mundo indígena y el mundo español, empresa que cruza nuestros quinientos años de vida en común. Ya en sus inicios, la figura del poeta, encarnado en Alonso de Ercilla, Felipe Guamán Poma de Ayala y el Inca Garcilaso, será la encargada de restañar las heridas de la conquista y el sometimiento: “De allí en adelante la misión del poeta no será otra que la de darle sepultura, nombre de sociedades que no han querido o no han podido hacerlo, a toda esa fila interminable de cuerpos que caídos, victimizados, arrasados por y en la lengua que nosotros hablamos continúan deambulando en el eje de nuestro idioma sin encontrar siquiera la sanción de un entierro.” El derrotero se extenderá hasta el siglo veinte. A ojos de Zurita, este gesto de búsqueda y reconciliación será el leit motiv de tres obras cumbres de la poesía americana: Altazor de Huidobro, Alturas de Macchu Picchu de Neruda y Trilce de Vallejo. Cada una de ellas, amparadas en sus particulares estéticas y procedimientos, buscará dar cuerpo a un nuevo tiempo, a un nuevo mundo.

A su vez, la propuesta de “Los poemas muertos”, segundo ensayo del libro, está atravesada por la idea de que la poesía es el reflejo de un mundo infeliz; el poema surge como grito desesperado ante la imposibilidad de alcanzar esa felicidad que todo espíritu persigue. Constituye un intento siempre vano por superar la muerte y la soledad del ser humano: “Si la Divina Comedia nos atañe todavía, en este tiempo, es porque es el poema máximo de la soledad, el más desgarrado y conmovedor. Esta es la soledad: escribir algo tan colosal, tan enorme –ni más ni menos que escribir una travesía por lo que está desde siempre fuera del lenguaje, por la muerte- solo para escucharle decir a su amor, a Beatriz, las cosas que ella jamás le dijo”. En un mundo ideal la poesía y los poemas serían expresiones innecesarias, pues terminarían diluyéndose en la existencia misma, convirtiéndose esta vida en un poema en sí mismo. Textos de cuidada y bella factura, la prosa de Zurita establece también los principios estéticos de su visión poética, haciéndose cargo de los móviles de su producción, desplegándose un registro totalizante que abarca vida, muerte y resurrección como experiencias ineludibles y continuas.

E.M.