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  • A LA MEMORIA DEL ESTUDIANTE MAIPUCINO RONALD WOOD  GWIAZDON

    A LA MEMORIA DEL ESTUDIANTE MAIPUCINO RONALD WOOD GWIAZDON

     

        

    Imagen :www.archivosradioeme.cl

     

          By Francisco Díaz Céspedes, Profesor y Escritor Maipucino  

     

    «A ESE BELLO LIRIO DESPEINADO»

    Leer, analizar, profundizar y reflexionar el escrito «A ese bello lirio despeinado» es condición suficiente para intentar comprender lo que es propio de la condición humana, tal como lo expresó nuestro escritor chileno Pedro Lemebel (1952-2015):

     

    “Quizás, sería posible rescatar a Ronald Wood(1) entre tanto joven acribillado en aquel tiempo de las protestas. Tal vez, sería posible encontrar su mirada color miel, entre tantas cuencas vacías de estudiantes muertos que alguna vez soñaron con el futuro esplendor de esta impune democracia. Al pensarlo, su recuerdo de niño grande me golpea el pecho, y veo pasar las nubes tratando de recortar su perfil en esos algodones que deshilacha el viento. Al evocarlo, me cuesta imaginar su risa podrida bajo la tierra. Al soñarlo, en el enorme cielo salado de su ausencia, me cuesta creer que ya nunca más volverá a alegrarme la mañana el remolino juguetón de sus gestos.

     

    Porque sería lindo volver a encontrar al Ronald en aquella comuna de Maipú donde yo le hacía clases de artes plásticas en la medialuna yodada de los setenta. Y él no estaba ni ahí con el arte, güeviando toda la hora, derramando la témpera, manchando con rabia la hoja de block, molestando a los más ordenados. Mientras yo trataba de enseñar el arte prehistórico, mostrando diapositivas. Mientras yo le daba con el arte egipcio, mostrando láminas de pirámides y tumbas faraónicas. Y el Ronald, insoportablemente hiperkinético, aburrido con mi cháchara educativa, lateado, estirando las piernas de adolescente crecido de pronto. Porque era el más alto, el pailón molestoso que no cabía en esos pequeños bancos escolares. El payaso del curso, que me hacía la clase un suplicio, rayándose la cara, riéndose de mi discurso sobre la historia del arte. Hasta que llegué al arte romano, al arte militar del imperio. Entonces, por primera vez, lo vi atento, mirando con asco las esculturas de esos generales, los bustos de esos emperadores, y los bloques de ejércitos tiranos.

    Por primera vez se quedó inmóvil escuchando, y yo aproveché esa instancia de atención para meter el discurso político, riesgoso en esos años cuando era pecado hablar de contingencia en la educación. Y el Ronald tan atento, participando, ayudándome en esa compartida subversión a través de la ingenua asignatura de las artes plásticas. Y luego, al terminar la clase, cuando todo el curso salió en tropel a recreo, al levantar la vista del libro de asistencia, el único que permanecía sentado en la sala era Ronald en silencio. ¿Y usted qué hace aquí? ¿Que no escuchó la campana del recreo?

    Y él sin decirme nada, me miró con esos enormes ojos castaños, estirándome la mitad de su manzana escolar, como un corazón partido que sellaba nuestra secreta complicidad.

    Desde aquel día, ese bello despeinado, no se perdía palabra de mi oratoria antimilitar. Oiga profe, me decía para callado, hay que hacer algo pa» que se acabe la dictadura. Algo estamos haciendo Rony, no se acelere. Mientras tanto, usted tiene que estudiar, dar el ejemplo, y no andar quebrando los vidrios de la inspectoría, ni menos hacerle muecas a la directora. ¿Me entiende? Y allí, en medio del patio pajareado de niños, lo dejaba pensando, rascándose la cabeza rubia que brillaba como una flama limona esas lejanas mañanas de cristal, a fines del setenta.

    Poco tiempo me duró esa estrategia de concientizar por medio de la historia del arte. Por ahí algo se supo, alguien escuchó, y sin mediar explicación tuve que abandonar las clases en esa comuna. Nunca más vi a Ronald Wood, jamás supe que pasó con él en los crispados años que vinieron. Nunca me enteré si también lo habían expulsado de ese colegio, al igual que a mí.

     

    Solamente el 20 de Mayo de 1986, me llegó la noticia de su asesinato en medio de una manifestación estudiantil en el Puente Loreto. Ese día, recién me enteré por la prensa que Ronald estudiaba para auditor en el Instituto Profesional de Santiago, que tenía apenas 19 años esa tarde cuando una maldita bala milica había apagado la hoguera fresca de su apasionada juventud. Ahí también supe que había agonizado tres días con su bella cabeza hecha pedazos por el plomo dictatorial.

     

    Aun así, por muchos años creí reconocer su risa en las bandadas de estudiantes que alborotaban el parque, las plazas, el río y la tarde primaveral. Creo que hasta hoy no me convenzo de su fatal desaparición, y lo sigo viendo florecido en el ayer de su espinilluda pubertad. Tal vez nunca logre borrar la sombra de culpa que me nubla el recuerdo de sus grandes ojos pardos, aquellos lejanos días de escuela pública cuando me regaló en su mano generosa, la manzana partida de su rojo corazón.”(2)

     

    El escritor chileno Pedro Lemebel rescataría y perpetuaría la historia de un estudiante, “común y corriente”, de los años 80´ del siglo pasado en su obra “A ese bello lirio despeinado”(3) . Alumno que se comprometía con el desorden en la sala de clases, y a la fatiga incansable de luchar por las clases: esa clase, no del colegio y/o del liceo, sino de la que se escribía a mediados del siglo XIX, y se fortalecería en la materialidad espiritual de las masas a lo largo del siglo XX. Y qué decir de los años 60´y 70´, cuando sin lugar a dudas, la “pisada del bototo” estaba prácticamente en toda Latinoamérica a través de la Operación Cóndor que se volvía insoslayable para quienes estuvieron presente en un pretérito nostálgico por querer hacer un intento de justicia en un futuro que pretende olvidar para no volver a recordar. Tan solo las letras de los viejos y nuevos libros escriben y re-escriben esta historia, para que sea conciencia eviterna de los que verdaderamente estudian.

    Mas el hecho repercute en la memoria colectiva de quienes han conmemorado al  Ronald, estudiante abatido entre gritos y disparos desorbitados para desorbitar a la masa, y expeler de la vida a la muerte, como un paso “cualquiera” en que “la prosperidad que más dura es la que vino despacio”(4). No obstante, la voluntad de libertad no estuvo en las cavilaciones de quien disparó o de por qué lo hicieron disparar esa maldita bala milica, un 20 de mayo de 1986, asesinando al Ronald en medio de una manifestación estudiantil en el Puente Loreto (19 años). El verdugo anodino que carece, inocentemente, la ignominia por no distinguir entre lo que es y no es, es responsable y culpable por las mejores de sus virtudes, castigándose(5) algún día en un juicio incierto, creyendo que “nunca mucho costó poco”(6). De modo que la memoria estará en los testigos, del ciudadano común y corriente(7), que deambula en la cotidianidad preocupado por un pasado viviente, cual reflejo es el silencio.

    RONALD WOOD  JÓVEN ESTUDIANTE MAIPUCINO

     

    Porque sería lindo volver a encontrar al Ronald en aquella comuna de Maipú, no de la forma física habitual en que nos observamos y nos contemplamos, sino por el  contrario cuya esencia es diferente a la que acostumbramos, tal como lo expresa en sus letras el cuarteto musical y maipucino Perro Muerto: “Sus ideales nunca traicionó (…) pensaba en algún día poder vivir, un sueño de armonía descubrir (…), pero el odio no lo permitió”.(8)

    El 23 de mayo de 1986, en la hornada de la mañana,  el locutor Sergio Campos de la radioemisora Cooperativa, anunciaría el deceso de Ronald Wood, señalando: “Acaba de fallecer Ronald Wood, queremos expresar nuestras condolencias a familiares, amigos y compañeros (…)(9)”. Posteriormente los diarios y luego los diversos medios de comunicación que se disuaden a medida que el tiempo transcurre, la transmisión de los testimonios de la familia, los relatos del sacerdote Roberto de la Capilla Cristo Vivo de 4 Álamos(10), de los amigos, de los cercanos que realizaron oraciones incontables para salvaguardar la vida del joven manifestante fueron insuficientes para recuperar la tan deseada democracia. Éstas no respondieron a la particularidad de cómo ocurrieron los hechos por los bárbaros del Estado. Sin embargo, perseveran hasta el día de hoy como una obligación de conciencia que no se discute(11) en aquellas prosas de logógrafos que requieren explicar con buen grafema la certeza de quien disparó.

    La memoria estaría presente, en los relatos del profesor e historiador maipucino Camilo Montalbán Araneda:

    “Comúnmente lo divisaba caminando por la Av. Segunda Transversal, desde la Villa Cuatro Álamos, hasta llegar  a la Av. Esquina Blanca para tomar la locomoción colectiva, en especial, las ya desaparecidas y míticas “liebres” Ñuñoa-Cerrillos, para llegar a su Liceo en el Camino a Melipilla: El Liceo Maipú. Alegre, desordenado, fachoso, inteligente lo vi deambular por los patios del Liceo Maipú. Su ascendencia extranjera se demostraba  en su facha, se diferenciaba  de los típicos rasgos chilenos (…). Su actitud  ante la vida, las inquietudes sociológicas e históricas demostradas en las clases de Ciencias Sociales lo hacían distinto. En esos años, los aires de resistencia y libertad ya se respiraban, como alumno tangencialmente en las asignaturas de filosofía e historia que demostraba sus inquietudes por la situación que estaba viviendo el país. En otras, se aburría o no estaba de acuerdo con  la orientación  de la enseñanza  e incluso con la personalidad de él. Por esta razón  muchos docentes calificaban a este  alumno como “conflictivo”, sobretodo profesores  partidarios de la dictadura que trabajaban allí, algunos cumpliendo siniestras funciones.

    En la década de los ochenta, los aires de protesta invadían el país y a Maipú también. El sector de Cuatro Álamos fue emblemático en ese despertar (hoy en día los héroes de ese sector  están cansados, viejos o muertos). Naturalmente en ese ambiente participó socialmente Ronald Wood y recibió sus influencias. Nunca supe si tenía alguna inclinación política y con qué tienda o sensibilidad era afín.

    Era un joven  con ansias de libertad. Egresó del Liceo y pese a los muchos pronósticos de algunos “viejos y viejas” del Liceo Maipú  rindió su PAA y quedó aceptado en el  Instituto Profesional de Santiago, hoy en día UTEM, en la carrera de Contador Auditor (…). Pese al tiempo, recuerdo  canallescos  comentarios cuando se supo de su muerte en el interior del establecimiento. “Ese niñito era muy desordenado” comentó una docente de Inglés; intentaba  justificar su muerte, muchos la miramos y nos alejamos de tan simiesco personaje”(12).

    TÍTULO PÓSTUMO PARA RONALD  WOOD EN LA UTEM

    La memoria de Ronald se plasmaría, años más tarde, en el Salón de Honor de la Universidad Tecnológica Metropolitana (Ex Instituto Profesional de Santiago, IPS) en donde Ronald miró con esos enormes ojos castaños el recibimiento de su Título Póstumo de Contador Público y Auditor a la familia Wood Gwiazdon, un miércoles 5 de diciembre de 2018. El Rector, Luis Pinto Faverio, mencionó: “hemos querido saldar una deuda histórica y a la vez realizar un acto de justicia y reparación, con quien fuera uno de nuestros estudiantes, que no tuvo la oportunidad de concluir su ciclo formativo, porque en medio de la violencia que imperaba en dictadura, fue “muerto por la acción de los agentes del Estado, que violaron su derecho a la vida”, tal y como señala el Informe Final de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación”(13).

    La violencia y otros males es “lo que mejor existe en nosotros, es lo que no podemos conocer. Cada nación posee su propia hipocresía, a la cual llama ´sus virtudes´”(14). Virtudes que no están en la capacidad consciente, porque efectivamente  los seres humanos no racionalizan y no  empatizan con el dolor ajeno, y por tanto decaemos y volvemos a caer en el pesimismo del filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860), y “que no debe ser entendido preeminentemente como la ausencia de esperanzas en el futuro, sino como una actitud negativo-crítica, de rechazo al mundo y a la vida”(15).

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  • Pedro Lemebel y su recuerdo de la docencia en Maipú

     

    A propósito  del otorgamiento  del Premio Teddy Award  en el prestigioso festival de cine de Berlin, al documental basado en la vida y obra del escritor chileno Pedro Lemebel ,nuestro columnista, el profesor y escritor Francisco Díaz  recuerda la presencia de  este ícono de la letras chilenas en su paso por la comuna de Maipú,  como profesor.

    Hace algunas semanas atrás, tuve la oportunidad de escuchar un relato de Pedro Lemebel (1952-2015) -grabado en Crónicas en Radio Tierra (Youtube)-, que estremeció la coyuntura clásica de lo que significa ser profesor, el tema tiene por nombre: “Ronald Wood: A ese bello lirio despeinado.»

    Jamás imaginé que tan ilustre escritor pudiera ejemplificar un pasado presente que rompe y re-estructura la vida entre quienes educan para el deber y quienes educan para obedecer.

    A continuación adjunto aquel escrito:

    “Quizás, sería posible rescatar a Ronald Wood entre tanto joven acribillado en aquel tiempo de las protestas. Tal vez, sería posible encontrar su mirada color miel, entre tantas cuencas vacías de estudiantes muertos que alguna vez soñaron con el futuro esplendor de esta impune democracia. Al pensarlo, su recuerdo de niño grande me golpea el pecho, y veo pasar las nubes tratando de recortar su perfil en esos algodones que deshilacha el viento. Al evocarlo, me cuesta imaginar su risa podrida bajo la tierra. Al soñarlo, en el enorme cielo salado de su ausencia, me cuesta creer que ya nunca más volverá a alegrarme la mañana el remolino juguetón de sus gestos.

     

     

    «PORQUE SERÍA LINDO VOLVER A ENCONTRAR AL RONALD EN AQUELLA COMUNA DE MAIPÚ DONDE YO LE HACÍA CLASES DE ARTES PLÁSTICAS EN LA MEDIALUNA YODADA DE LOS SETENTA»

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  • «La Ciudad Sin Tí» de Pedro Lemebel da inicio a actividad itinerante por los barrios de la comuna

    día del teatro  Pedro lemebel

    Con la obra “La Ciudad sin ti”, del desaparecido escritor Alejandro Lemebel, se dio inicio en Maipú a la iniciativa “Teatro en tu parque”, la que busca acercar este arte de la representación, de manera gratuita, a todos los vecinos que no tienen acceso a actividades culturales debido a sus altos costos. Un objetivo que se ha propuesto la Municipalidad de Maipú en este ámbito de la cultura, para mejorar la calidad de vida de los habitantes de la comuna.

    En el marco del Día del Teatro, fecha instaurada en honor al natalicio de Andrés Pérez, fundador de la formadora escuela “El Gran Circo Teatro”, se presentó esta pieza de la Compañía Chilean Business.

    Con la obra “La Ciudad sin ti”, del desaparecido escritor Alejandro Lemebel, se dio inicio en Maipú a la iniciativa “Teatro en tu parque”, la que busca acercar este arte de la representación, de manera gratuita, a todos los vecinos que no tienen acceso a actividades culturales debido a sus altos costos. Un objetivo que se ha propuesto la Municipalidad de Maipú en este ámbito de la cultura, para mejorar la calidad de vida de los habitantes de la comuna.

    En el marco del Día del Teatro, fecha instaurada en honor al natalicio de Andrés Pérez, fundador de la formadora escuela “El Gran Circo Teatro”, se presentó esta pieza de la Compañía Chilean Business.
    Para Claudia Vergara, actriz integrante del elenco, “los asistentes se van a encontrar con textos muy lindos. Lo que más le ha gustado a la gente es encontrarse con la experiencia de Lemebel y sus textos con el mensaje profundo que entregó en ellos”.

    El Director de la Dirección de Desarrollo Comunitario, Jaime Azúa, en nombre del Alcalde Christian Vittori, dio el vamos a esta iniciativa con las siguientes palabras: “Para esta gestión es muy importante lo que está ocurriendo el día de hoy porque particularmente como municipalidad buscamos que los vecinos se apropien de los parques que hemos construido. Un parque sin vida, sin vecinos viviéndolo es sólo un pedazo de cemento, un pedazo de área verde (…) Sabemos que el arte y la cultura perfectamente pueden convivir con esos espacios públicos”.

    Fuente : www.maipu.cl